¿Qué tiene que ocurrir entre un fotógrafo y una persona fotografiada para que determinadas imágenes sean posibles?

Esta pregunta atraviesa buena parte del trabajo de Nacho Marlats como fotógrafo documental y docente. El próximo viernes 9 de octubre, a las 18:00, el fotógrafo argentino presentará El desafío del retrato documental en el Museo Provincial de Ciencias Naturales de Córdoba, en una actividad de entrada libre organizada con el apoyo de la Academia Iberoamericana de Fotografía (AIEFE) y Los Fotonautas.

La masterclass, que Nacho presenta desde 2019 en distintos países de Iberoamérica, aborda la relación entre el fotógrafo y las personas que retrata, especialmente en contextos de viaje y encuentro intercultural. Conversamos con él sobre la construcción de la confianza, las asimetrías en la representación, la ética y el valor de los encuentros que hacen posible una fotografía.

¿Qué entiendes por retrato documental?

Para mí, el retrato documental es una representación de una persona que parte de un encuentro con ella y que, al mismo tiempo, intenta conservar algo de su contexto y de la realidad en la que está inserta.

No me interesa pensar el retrato solamente como una cuestión estética o como la búsqueda de una determinada expresión. Hay una relación entre el fotógrafo, la persona fotografiada y el contexto que hace posible esa imagen.

Has dicho que para fotografiar personas no basta con saber hacer fotografías. ¿Qué necesita aprender un fotógrafo además de manejar una cámara?

Necesita aprender a relacionarse con las personas.

Podés conocer perfectamente tu cámara, manejar la luz, la composición y todos los recursos técnicos, pero si no sabés acercarte a alguien, conversar, generar confianza o interpretar lo que está ocurriendo, vas a estar limitado a las fotografías que podés conseguir desde la distancia.

Para mí, una parte importante de la fotografía documental tiene que ver con desarrollar esa cintura relacional: saber cuándo acercarte, cómo hacerlo, qué decir, cuándo sacar la cámara y también cuándo guardarla.

¿En qué momento una persona deja de sentirse simplemente fotografiada?

No creo que exista un momento exacto. Es algo que se construye durante la relación.

Cuando una persona entiende quién sos, por qué estás ahí, qué estás haciendo y siente que puede relacionarse con vos más allá de la cámara, cambia la situación.

Y eso no significa necesariamente que la persona deje de ser consciente de que está siendo fotografiada. Puede saber perfectamente que la estás fotografiando y, al mismo tiempo, sentirse cómoda con tu presencia.

Has utilizado también la idea de «ser parte de la escena». ¿Qué significa eso?

Significa entender que el fotógrafo no es invisible.

Cuando entrás en un lugar con una cámara, tu presencia modifica la situación. Estás ahí, ocupás un espacio, hablás con las personas, generás reacciones. Formás parte de lo que está ocurriendo.

Entonces, en lugar de intentar actuar como si no estuvieras, me interesa asumir esa presencia y entender qué relación estoy construyendo con las personas que tengo delante.

Esto parece especialmente importante cuando se fotografía una cultura diferente. ¿Cómo abordas esos contextos?

Con mucha atención y tratando de entender antes de representar.

Cuando llegás a una comunidad o a una cultura que no conocés, existe el riesgo de mirar todo desde afuera y convertir aquello que es diferente en espectáculo.

Por eso creo que hay que acercarse con curiosidad, pero también con respeto. Intentar entender qué significa lo que estás viendo antes de decidir cómo lo vas a fotografiar.

En mis proyectos documentales sobre distintas comunidades siempre me ha interesado esa relación previa con las personas. La fotografía viene después.

La relación entre fotógrafo y fotografiado tampoco es completamente horizontal. ¿Cómo influye esa asimetría?

Es importante reconocerla.

El fotógrafo tiene herramientas y decisiones que la persona fotografiada muchas veces no tiene. Decide qué imagen hacer, cuál seleccionar, cómo editarla, dónde publicarla y qué contexto darle.

Aunque exista confianza, esa relación de poder no desaparece.

Por eso creo que la responsabilidad del fotógrafo no termina cuando hace clic. También existe una responsabilidad sobre la representación que construye posteriormente.

¿El consentimiento es suficiente para que una fotografía sea ética?

No necesariamente.

El consentimiento es fundamental, pero para mí la ética empieza antes de pedir permiso y continúa después de hacer la fotografía.

Podés tener una fotografía consentida y aun así utilizarla de una manera que termine representando a una persona de forma injusta, descontextualizada o sensacionalista.

Por eso hay que preguntarse no solamente «¿puedo hacer esta fotografía?», sino también «¿qué estoy haciendo con esta representación?».

¿Hay fotografías que técnicamente podrías hacer, pero decides no hacer?

Sí, por supuesto.

Hay situaciones en las que una fotografía podría ser muy buena desde el punto de vista visual, pero siento que hacerla tendría un costo demasiado alto para la persona o para la relación que estoy construyendo.

Y también hay momentos en los que simplemente entiendo que no corresponde fotografiar.

Para mí, aprender a fotografiar también implica aprender a no fotografiar.

¿De qué manera puede influir la relación con una persona en la fotografía que finalmente haces?

De manera enorme.

La relación determina qué situaciones podés llegar a conocer, qué espacios te permiten compartir, qué gestos aparecen y qué tipo de intimidad puede existir frente a la cámara.

Una fotografía puede ser técnicamente perfecta, pero si la relación que la hizo posible fue superficial, eso también forma parte de la fotografía.

La relación está de alguna manera dentro de la imagen.

Llevas años enseñando fotografía también durante los viajes. ¿Cómo trabajas estas cuestiones con los participantes?

Desde 2015 lidero viajes fotográficos con Los Fotonautas y una parte importante de mi trabajo con los participantes ocurre justamente ahí.

Muchas veces funciono como un puente entre quienes están aprendiendo y las personas que podrían ser fotografiadas. No solamente explico cómo hacer una fotografía: acompaño la aproximación, ayudo a leer la situación y, cuando hace falta, facilito ese primer contacto.

Me interesa que los participantes experimenten qué sucede cuando se acercan a las personas que están fotografiando. La distancia física también construye una distancia en la relación. Podés obtener una imagen desde lejos, pero el tipo de vínculo que construís con esa persona es completamente diferente.

Por eso, en los viajes, intento generar situaciones en las que los participantes puedan acercarse, conversar, participar y entender lo que está ocurriendo antes de fotografiar. La fotografía aparece entonces dentro de una relación, y no solamente desde una posición de observación.

¿Qué se puede enseñar en el territorio que difícilmente se aprende en un aula?

Hay cosas que solamente podés entender cuando estás frente a una situación real.

En un aula podés hablar durante una hora sobre cómo acercarte a una persona. En el territorio tenés que decidir si te acercás, cómo lo hacés, qué decís, dónde te colocás, cuándo sacás la cámara y qué hacés cuando la respuesta no es la que esperabas.

Y también tenés que aprender a aceptar que quizás no haya una fotografía.

En los viajes fotográficos que realizamos con Los Fotonautas, trabajo muchas de estas cuestiones directamente con los participantes. La fotografía se convierte en una práctica situada. No estás hablando de una relación hipotética: estás intentando construirla en ese momento.

Después de tantos años haciendo fotografía documental y enseñándola, ¿qué ha cambiado en tu propia manera de fotografiar personas?

Creo que con los años me importa cada vez menos conseguir una fotografía determinada y cada vez más lo que sucede alrededor de esa fotografía.

Cuando empezás, muchas veces salís a buscar imágenes. Con el tiempo entendés que las imágenes aparecen como consecuencia de muchas otras cosas: de estar presente, de conversar, de observar, de compartir un momento.

Y también aprendés que no todas las experiencias necesitan terminar en una fotografía.

¿Qué le recomendarías a alguien que está empezando a fotografiar personas y quiere mejorar su manera de acercarse?

Que deje de pensar únicamente en la fotografía que quiere conseguir.

Que mire primero a la persona.

Que converse. Que observe. Que escuche. Que entienda dónde está y qué está ocurriendo.

Y que se pregunte qué tiene que construir con esa persona para que la fotografía que imagina pueda realmente suceder.

Pero también que acepte que quizás la fotografía no suceda.

A veces la mejor fotografía es consecuencia de un encuentro muy bonito. Y otras veces el encuentro bonito es el resultado más importante.

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